jueves, 20 de enero de 2011

Sugerencia. Oído en un teléfono. Washington Benavides

Oído en un teléfono


El poeta es un apóstata,
inevitablemente. Está
marcado para la apostasía.

Su búsqueda incesante
le obligará a colgar
más de una fe en el perchero
(ni a César lo que es del César
ni a Dios lo que es de Dios)

Traspasará las puertas
de marfil o de cuerno
las del cofre-fort
las de la cabina telefónica
las de la cabina espacial.

Descifrará en el palimpsesto
de los días
otros días que igualmente
fueron o serán suyos.

Traducirá las páginas etruscas
de las muchas realidades.

El poeta es un apóstata.

No tiene otra salida. Está
obligado a descubrir
lo que le espera a la vuelta
de la esquina. Y esto no le
acarreará
ni seguridad ni prestigio.

El poeta es un apóstata.

Pelada la última capa de la cebolla
debe imaginar la cebolla
platónica
que en un plato -fuera de su alcance-
lo espera
para recomenzar el trabajo
de quitarle una a una sus pieles
y encontrarse con otra cebolla
reluciente
idéntica a un lucero.

El poeta es un apóstata.

Debe serlo. Para acompañar
a los que se atreven por el salón
de los pasos perdidos
a los que conversan con sus sombras
a los que alientan desde una cárcel
la liberación de los hombres.

Poesía
se llama
Apostasía.


Lección de exorcista, 1991.

     
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