domingo, 3 de abril de 2011

Araña piadosa


A la nueva araña piadosa
Y los cuatro jinetes del Apocalipsis que han regresado




Ya herido me abatí,
de tránsito perpetuo,
y ya marqué tu huerto
con aromas de romero.

Ese riesgo no detiene su avenida
de mi olfato ya negado de jazmines,
del oriente que mitiga,
y de un escollo de salitre.

Crucé tu bóveda de luz
avistando cada sombra,
lobreguez sin ventanales
que celaba las palabras...
Y el rayo inundó su pólvora.

Una araña piadosa,
amazona de desdichas,
me fue oreando la batalla
mendaz, ilusoria ceremonia.

Delaté mi claridad del trigo,
sus cortinas prevenidas,
sus tapices cautelosos,
sus doseles mal vestidos.

Examiné, preciso y torpe,
antagonismo al frío.
Ceñido en ropajes de delicia
advertí que unos cuervos trenzan
las trincheras con silencios
y eluden los aromas del suicidio.

Y la araña piadosa, hoy jinete de desdichas,
ahuyentaba el humo del ataque.

Ni una redondez turbó mis líneas
arañadas en los vértices del hastío.

La luna ingrávida se ausentaba
repleta de razones para el llanto.

Es que los ojos no nos lloran
sin el permiso debido concedido.

Y la araña piadosa, hoy jinete de desdichas,
resbaló en la tela concebida.

Patria de silencios, distrito
de alquimistas ofuscados.
El olvido es la compasión
que añoran los culpables.
Estamos ya ineficaces,
sin la venia necesaria
para defender la linde
que nos disuade del deseo.

Culpables del paisaje estéril, yermo
bajo la lluvia, inertes, quietos.
Culpables, reos de silencios,
convictos, ociosos y caídos.

Y la araña piadosa, hoy jinete de desdichas,
vomita una oración, en la obertura luminosa
adjunta la vasija de un réquiem insomne.

Ni todas las plegarias,
inmaculadas, sutiles,
fundarán el olvido
del velado brillo
de unos ojos lluviosos.


Ramón  Leal

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