martes, 10 de enero de 2017

¿Crisis o tortura? La desnudez de la tortura, o el martirio de estar desnudos




Nos aterra la palabra dictadura. En ellas, si un habitante, cualquiera, es detenido por las “fuerzas del orden”, será empujado en ese  vehículo pavoroso a un cuartelillo donde la entrada es espanto a la privación del retorno al hogar y la libertad.
Allí, una minúscula desconfianza o estrictamente que su aspecto no agrade al mandatario de turno bastaría para confinarte en una mazmorra por la duración que estimen pertinente. Ello, o directamente la muerte a balazos, desaparecer en una fosa anónima.
Quizás decidirán que abandones tus enseres personales, sobre todo por “el riesgo de autolesionarse”. Y entonces pasarás un tiempo en el calabozo, abandonado a tus miedos. Como ser sensible tienes varias alternativas. Puedes maldecir al centinela denunciando tu inocencia. Puedes mostrar tu rabia ante el muro y la sordera de tus guardianes. También podrías doblar tu orgullo y admitir tu designación de carnaza.
Quizás la zozobra de hallarse al arbitrio de un tirano, bastará para suavizarte. Según el talante moral del verdugo, el temperamento será grosero o pulido.
Si eres insurrecto y comprometido, hallarán varias técnicas para apearte de tus vanidades. La más depurada, y sutilmente degradante, radica en situarte bajo poderosos reflectores, y rematadamente privado de toda prenda o vestido. Ya no es necesario practicar intimidación agresiva. Tu desnudez física te derribará en un soplo tu propia consideración. Justo después de un intervalo moderado, quedarás decidido a consentir la revelación que ellos consideren, en canje por abandonar la inmundicia que te esclaviza. 



¿No es cierto que esta oscura crisis económica ha procedido parecido sobre el organismo de esta colectividad? Como un dispositivo regulador, semejante a una dictadura. Oímos incansables publicaciones, espacios televisivos, tertulias apocalípticas… palabras mordaces que han instituido una calima venenosa sobre el juicio, o apreciación, de los habitantes, encolerizados.
Aparentaría que es un escenario dispuesto para que la desesperanza se despliegue entre nosotros, con un resultado exterminador. Y cuyo propósito sería eliminar cualquier tipo de respuestas ante el incierto porvenir.
Tal como en el calabozo, este régimen, que subyace detrás de los estados, ha prohibido a personas sin trabajo los enseres personales, quizás para que no atente contra su vida y considere que la más ínfima prenda es un pago a su obediencia. Y al que conserva su trabajo, como en aquel calabozo solitario, le condena a descubrir su cuerpo despojado en el espejo de las leyes. Y entonces se circunscriben a mostrarle esos datos que tú no entiendes, pero tiemblas. Y, como una penitencia a una posible oposición,  te despliegan sin decoro la flamante reforma laboral. Los mandatarios te agasajarán si tu sociedad te quebranta el salario. Ese será el indicador de que aún eres afortunado de no ser despedido. 


Aquel vecino detenido por las “fuerzas del orden”, torturado con desnudez, se sentirá complacido cuando su patrón le dispense cualquier prenda interior que le permita camuflar todos sus temores.


Ramón Leal

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