martes, 18 de diciembre de 2012

La piedra inmóvil, o la idiotez de los silencios. Ramón Leal



Cuanto más presume el árbol de sus hojas, más esclavo es de sus raíces. La necesidad de aire fresco nos eleva la mirada hacia el ramaje mecenas del sosiego, de la calma al amparo de unas ideas ya definidas.

Pero son ellas, las palabras, bulbos lacerantes que se aferran a nuestras ideas concluidas, quienes nos nutren de pasado y se arriman al azar pues carecen de mirada en vanguardia. Las palabras que mostramos, y también nuestros silencios, nos revelan desnudos: a menudo se quiere aparentar un ropaje de estética disecada, que parece esconder una habilidad nueva, tecnológica, de aquella vieja costumbre de seguir el rebaño, y que, como dijeron “sean otros los que piensen”.

Nos creemos todo aquello que la evidencia desacredita, aquello que la realidad nos está mostrando de manera contraria.

Pero, como expresaba magistralmente Julio Cortázar, “pensamos en cuanto hablamos, y hablamos en cuanto pensamos”… ello nos diferencia de otros animales. ¿Por qué la elusión a la palabra, a penetrar en las dudas de una realidad que se manifiesta abiertamente hostil? “Quizás no me alcance”.

Y es justo ahí cuando no comprendo los fundamentalismos religiosos o ascéticos (no los diferencio bien). ¿No hablan todos de “amor”, “justicia”…?

Es tiempo, lúgubre término inapelable, de inocencias: nadie asume protagonismo del presente, no se busque verdugo ni asistente. Nadie, excepto quien manda sin poder, es apoderado de esta suerte de tinieblas. El poeta regresa a las rosas, describiendo sus jarrones. El economista, prostituta fiel, mancilla sus palabras con recetas polvorientas: nadie vea las raíces castigadas. El alimento fluye, escaso, pero los pámpanos que se ofrecen custodian un brillo opaco de armonías paradójicas.

Odio, no quise nunca usar el término, la indiferencia cómplice, garantía de la indemne savia que perpetúa este tejido fósil, donde cada futuro cadáver se asoma a un sueño que reconoce nunca pondrá en evidencia.

Y nadie es culpable. Nadie es fiador de este árbol que perdura. En ello consiste el melodrama: imposible la resolución del crimen pues sospechosos, testigos y jueces, todos son secuaces, se autoresignan como coautores del terror. Nadie verbaliza su connivencia, pero ¿no somos racionales? Nuestros actos nos delatan: una inercia de excesos deja un rastro de testigos cómplices del desplome: cada compra es un gesto asociado con el crimen, cada aproximación solidaria al opio futbolario es la cesión gratuita de nuestra inocencia. Algo es terrible, todos presumen de pureza; otro río es inverosímil: sólo es creíble aquello que conduce al mar, al océano del tributo y al valle del júbilo.

Unos tertulianos enfundan sus micros, de soslayo comprueban que cada gesto está en el lugar de ayer, de siempre, nada amenaza el curso de la historia, de su historia representada en voces disonantes dentro un frasco de vidrio que grita su frágil equilibrio, su lánguida destreza.


Ramón Leal

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